jueves, 21 de agosto de 2014

Aida




Ella era simple como la vida, muchas cosas sencillas del pasado que hasta hoy de alguna forma añoramos, la simpleza del cariño, la disposición a entregar amor y su enorme sentido de justicia, nuestra  familia viene de aquellos seres donde los abrazos, o los “te quiero” se entregaban solo en la despedidas, mala costumbre por cierto, en aquellos actos significativos del diario vivir, estaban aquellas demostraciones de amor que con abrazos y palabras no sabíamos proporcionar, ahora que muchos años han pasado, puede que estemos arrepentidos de todos aquellas expresiones de amor que nunca entregamos. 

Pero mi abuela tenía una cierta virtud, y original forma por cierto,  de compartir su amor, sus atenciones, su servicio y entrega por sus seres amados, esto a uno lo marca con fuego en el corazón, ella llevaba con tanta dignidad esa entrega, que se concluye que fue “su forma” de amar, aun resuena en mis oídos sus llamadas al almuerzo, o cuando los fines de semana los paseos a la playa en el bus del Toño significaban levantarse muy temprano, antes del amanecer;… ahí estaba mi abuela con el desayuno servido, -abríguese mijo, lleve esto para el camino, ¿echo la toalla?, tranquila abuela, ya tengo todo, vaya acostarse-



Entonces uno puede saber que en estos y muchos más actos de entrega, está el amor de esta mujer que muchos recordamos, lamentablemente uno llega en la etapa final de sus vidas estas bellas personas, y son pocos los años que la disfrutamos, unos más que otros, no me puedo quejar, disfrute varios veranos con ella incluso hasta bien pasada mi adolescencia, una más;  el día que llegue después de dos años de misionero en el sur de Chile, adivinen quien estaba esperando a pesar de sus años en la estación central, al borde del andén? 
Mi abuela Aida. 

Una fiel mujer que siempre se va a extrañar.

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