Ella era simple como la vida, muchas cosas sencillas del
pasado que hasta hoy de alguna forma añoramos, la simpleza del cariño, la
disposición a entregar amor y su enorme sentido de justicia, nuestra familia viene de aquellos seres donde los
abrazos, o los “te quiero” se entregaban solo en la despedidas, mala costumbre
por cierto, en aquellos actos significativos del diario vivir, estaban aquellas
demostraciones de amor que con abrazos y palabras no sabíamos proporcionar,
ahora que muchos años han pasado, puede que estemos arrepentidos de todos
aquellas expresiones de amor que nunca entregamos.
Pero mi abuela tenía una
cierta virtud, y original forma por cierto, de compartir su amor, sus atenciones, su
servicio y entrega por sus seres amados, esto a uno lo marca con fuego en el
corazón, ella llevaba con tanta dignidad esa entrega, que se concluye que fue “su
forma” de amar, aun resuena en mis oídos sus llamadas al almuerzo, o cuando los
fines de semana los paseos a la playa en el bus del Toño significaban
levantarse muy temprano, antes del amanecer;… ahí estaba mi abuela con el desayuno
servido, -abríguese mijo, lleve esto para
el camino, ¿echo la toalla?, tranquila abuela, ya tengo todo, vaya acostarse-
Entonces uno puede saber que en estos y muchos más actos de
entrega, está el amor de esta mujer que muchos recordamos, lamentablemente uno llega
en la etapa final de sus vidas estas bellas personas, y son pocos los años que
la disfrutamos, unos más que otros, no me puedo quejar, disfrute varios veranos
con ella incluso hasta bien pasada mi adolescencia, una más; el día que llegue después de dos años de
misionero en el sur de Chile, adivinen quien estaba esperando a pesar de sus
años en la estación central, al borde del andén?
Mi abuela Aida.
Una fiel mujer
que siempre se va a extrañar.

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