Élder Neal A. Maxwell
Este discurso se dio
en la conferencia anual número veintiséis de educadores religiosos del Sistema
Educativo de la Iglesia, el 13 de agosto de 2002, en la Universidad Brigham
Young.
La educación religiosa de nuestros jóvenes y jóvenes adultos en nuestros
seminarios e institutos de religión, nuestras escuelas, escuelas superiores y
universidades de la Iglesia, es uno de los programas más eficaces y productivos
de la Iglesia.
Aunque el deber de ustedes es servir a la “nuevas generaciones”, confío en que
su deber se haya convertido en su placer. Gracias, ¡desde lo más profundo de mi
corazón! Y gracias también al hermano Randy McMurdie, que ayudó tanto con los
arreglos de las ayudas visuales especiales.
Quiero agradecerle al Profesor Eric G. Hintz de la Universidad Brigham Young,
astrónomo observacional, por sus sugerencias tan útiles y sustanciales en
cuanto a estos comentarios. Por medio de él, he tenido el placer de tener
conocimiento del creciente número de alumnos Santos de los Últimos Días que
están estudiando astronomía y astrofísica avanzadas. Para ellos y para todos
nosotros, estas palabras de Anselmo constituyen un buen consejo: “Creer a fin
de entender”, en lugar de “Entender a fin de creer”. Yo, y sólo yo, soy
responsable de lo que digo. Mi tema es “El Cosmos de nuestro Creador”.
Suplico la ayuda vital del Espíritu al hablarles como Apóstol y no como
astrofísico. Como testigo especial, hablaré del testificante universo: “Las Escrituras
están delante de ti; sí, y todas las cosas indican que hay un Dios, sí, aun la
tierra y todo cuanto hay sobre ella, sí, y su movimiento, sí, y también todos
los planetas que se mueven en su orden regular testifican que hay un Creador
Supremo” (Alma 30:44; cursiva agregada).
Que lo que viene a continuación—no mis palabras, sino las contundentes palabras
de las escrituras junto con algunas impresionantes imágenes—aporten asombro y
reverencia acerca de las maravillas que han efectuado el Padre y el Hijo para
bendecirnos.
Bajo la dirección del Padre, Cristo fue y es el Señor del universo, “el mismo
que contempló la vasta expansión de la eternidad” (D. y C. 38:1; cursiva
agregada).
El difunto Carl Sagan, quien impartió conocimientos eficazmente sobre la
ciencia y el universo, perceptiblemente observó que en algunos aspectos, el
asombro provocado por la ciencia ha superado con creces al de la religión.
¿Cómo es que casi ninguna de las principales religiones ha contemplado a la
ciencia y llegado a la siguiente conclusión, “¡Esto es mejor de lo que
pensamos! El Universo es mucho más grande de lo que dijeron nuestros
profetas—más grandioso, más sutil, más refinado. Dios debe ser incluso más
grande de lo que hemos soñado”? En cambio, dicen, “¡No, no, no! Mi Dios es un
Dios pequeño, y quiero que permanezca así”. Una religión, antigua o nueva, que
resaltara la magnificencia del Universo según lo revela la ciencia moderna,
podría extraer reservas de reverencia y asombro apenas explotadas por las
religiones convencionales. Tarde o temprano, surgirá tal religión.
A los Santos de los Últimos Días ciertamente no nos debe faltar reverencia y
asombro, especialmente cuando contemplamos el universo en el contexto de las
verdades divinamente reveladas. Sí, el cosmos “según lo revela la ciencia
moderna” es “refinado”, como escribió Sagan. Pero el universo también late con
un propósito divino, de manera que nuestro asombro es mayor, brindando aun
mayores razones de reverencial asombro respecto a “la magnificencia del universo”!
Claro está que la Iglesia no se alinea con los astrofísicos del 2002, ni
tampoco aprueba ninguna teoría científica particular acerca de la creación el
universo.
Al llevar a cabo su importante labor, los astrofísicos usan el método
científico y no buscan respuestas espirituales. Algunos científicos comparten
nuestra creencia en explicaciones religiosas acerca de estas vastas creaciones,
pero algunos ven nuestro universo como un universo sin creador. Privados de la
creencia en significado cósmico, algunos, como los describe un escritor, ven a
los humanos como que están “desgarrados y lloriqueando en pos de un universo
extraño”.
¡Las Escrituras nos dicen rotundamente lo contrario!
No obstante, ¿nos estimulan lo suficiente las arrolladoras palabras de las
escrituras con las que hemos sido bendecidos? ¿Nos estamos convirtiendo gradual
y constantemente en la “clase de gente” que refleja tales elevadas doctrinas
con nuestra aumentada santificación espiritual? Hermanos y hermanas, está
regalando los secretos espirituales del universo, pero, ¿estamos escuchando?
En la vida diaria como discípulos, se nos instruye: “levantad las manos caídas”
(Hebreos 12:12). ¿Por qué no esforzarse también en “levantar” las a veces
pasivas y limitadas mentes que también están “caídas”, ajenas al asombroso
panorama del todo?
Dado todo lo que Dios ha hecho para preparar un lugar para nosotros en el vasto
universo, ¿no podríamos desarrollar y mostrar mayor fe? En las perplejidades y
complicaciones de la vida, ¿tendremos fe en que el Creador haya “proveído todo
lo necesario” para llevar a cabo todos Sus propósitos?
Hace años, el presidente J. Reuben Clark, hijo hizo esté reconfortante
comentario: “Nuestro Señor no es un novato, Él no es un aficionado; Él ha
estado en esta vía una y otra y otra vez.”
Hermanos y hermanas, ¿no ha descrito el Señor Sus vías como “un giro eterno”?
(D. y C. 35:1; 1 Nefi 10:19; Alma 7:20; D. y C. 3:2).
Un mayor aprecio por el gran universo nos ayudará también a vivir una vida más
recta en nuestros propios y pequeños universos de la vida cotidiana. Asimismo,
un mejor entendimiento del gobierno de Dios de las vastas galaxias puede
conducirnos a un mejor auto gobierno.
Ahora pasemos a una mezcla de escrituras, ilustraciones y comentarios
científicos.
Consideren esta foto de nuestra hermosa tierra con nuestra luna en primer
plano:
Reflexionen sobre cuánto tiempo le costo al hombre llegar a la luna, ¡y sin
embargo ésta está en nuestro propio patio trasero!
Los recursos tan necesarios para mantener la vida humana se proporcionan muy
generosamente en este particular planeta; a menos que sean mal administrados,
se nos dice que hay “suficiente y de sobra” (D. y C. 104:17). Sin embargo, con
todo lo grande que es esta tierra—y todos los viajeros podemos atestiguar de
ello—Stephen W. Hawking nos ha proporcionado una perspectiva aleccionadora:
“[Nuestra] tierra es un planeta de tamaño medio, orbitando alrededor de una
estrella normal en las afueras de una galaxia espiral común y corriente, la
cual de por sí es una de un millón de millones de galaxias en el universo
observable”.
Un científico que no cree en el designio divino, no obstante notó que “al
contemplar el universo e identificar los muchos accidentes. . . que han obrado
para nuestro beneficio, parece casi como que el universo de alguna manera sabía
que veníamos”.
Las condiciones en esta tierra aparentemente son más favorables que en
cualquier otro sistema solar.
Si, por ejemplo, el planeta tierra estuviera más cerca del sol, nos
quemaríamos, y si estuviera más lejos, nos congelaríamos.
Ahora fíjense en la flecha, que señala aproximadamente donde está situado
nuestro sistema solar en medio de la increíble extensión de nuestra propia
galaxia, La Vía Láctea.
En esta imagen, aunque nuestro sistema solar se extiende millones de millones
de millas, ¡es demasiado pequeño como para poder verlo! ¡Oh, el asombroso
alcance de todo!
En una noche despejada, ustedes y yo podemos ver algunas partes de la Vía
Láctea, pero ¿y si el hecho de ver las estrellas sucediera sólo una vez cada
mil años? Ralph Waldo Emerson escribió de cómo entonces los hombres creerían y
adorarían; y conservarían por muchas generaciones el recuerdo de la ciudad de
Dios que se les había mostrado”.
Con razón las escrituras nos indican lo amplio y variado que es el testimonio
de Dios para nosotros: “Y he aquí… se han creado y hecho todas las cosas para
que den testimonio de [Dios];… cosas que hay arriba en los cielos, cosas que
están sobre la tierra… todas las cosas testifican de [Dios]” (Moisés 6:63).
Ahora, contemplen lo que constituye tan sólo una sección dentro de
nuestra vasta galaxia, la Vía Láctea:
¿No es asombroso? ¡Especialmente cuando nos damos cuenta que las distancias
entre esos puntitos brillantes son tan grandes!
Sea cual sea el cómo del proceso de creación de Dios, se plantean cosas
espiritualmente reconfortantes acerca del principio—“más allá del más allá”, de
hace tanto tiempo. “Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a
los que se hallaban con él: “Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos
de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar; . .
.Y descendieron en el principio, y ellos . . . organizaron y formaron los
cielos y la tierra” (Abraham 3:24; 4:1; cursiva agregada).
Notablemente, según algunos científicos, “Nuestra galaxia, la Vía Láctea, está
situada en uno de los espacios relativamente vacíos entre las Grandes
Murallas”.
Hay espacio allí.
A medida que los científicos continúan explorando más allá de nuestra galaxia
con el telescopio espacial Hubble, descubren cosas asombrosas como la “Keyhole
Nebula” con sus propias estrellas.
El telescopio Hubble nos ha mostrado muchísimo más; y, utilizando una de las
palabras favoritas de sus estudiantes, ¡es impresionante!
La siguiente imagen es de una región de estrellas en formación que tiene
que ver con material no organizado.
“Y así como dejará de existir una tierra con sus cielos, así aparecerá otra”
(Moisés 1:38).
Ahora vemos una imagen de “los restos” después de morir una estrella.
“Porque he aquí, hay muchos mundos que por la palabra de mi poder han
dejado de ser” (Moisés 1:35).
En la letra del himno “Grande Eres Tú,” sobre el universo y la Expiación,
cantamos que “desde el cielo al Salvador envió”.
Fuera cual fuera la manera en que Dios inició el proceso, aparentemente hubo
supervisión divina: “Y los Dioses vigilaron aquellas cosas que habían ordenado
hasta que obedecieron” (Abraham 4:18).
De una manera significativa, nosotros aquí en la tierra no estamos solos en el
universo. En Doctrina y Convenios, que será el enfoque de su estudio en este
año escolar, leemos “que por [Cristo], por medio de él y de él los mundos son y
fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y
C. 76:24; Moisés 1:35).
No sabemos dónde están o cuántos otros planetas habitados existen, aunque
parece que estamos solos en nuestro propio sistema solar.
En cuanto al papel continuo del Señor entre Sus muchas creaciones, se ha
revelado muy poco. Hay indicios, sin embargo, de reinos y habitantes.
“Por consiguiente, compararé todos estos reinos y sus habitantes a esta
parábola, cada reino en su hora y en su tiempo y su sazón, de acuerdo con el
decreto que Dios ha establecido” (D. y C. 88:61).
El Señor incluso nos invita a que “[meditemos] en [nuestro] corazón” esa
particular parábola (v. 62). Tal meditación no significa hacer conjeturas
inútiles, sino más bien la espectativa paciente y mansa de revelaciones
adicionales. Además, Dios dio sólo información parcial —“no todas”—a Moisés,
con “sólo… un relato de esta tierra y sus habitantes” (Moisés 1:4, 35), pero
Moisés aún aprendió cosas que “nunca [se] había imaginado” (v. 10). No
obstante, ¡no adoramos a un Dios de sólo un planeta!
Ahora contemplen esta imagen de lo que se llama “el espacio profundo”:
Casi cada punto que ven en este cuadro, cortesía del telescopio Hubble, ¡es una
galaxia! Piensen en nuestra propia galaxia, la Vía Láctea. Se me informó que
cada galaxia aquí tiene del orden de cien mil millones de estrellas. Sólo este
pequeño rinconcito del universo tiene casi incontables mundos.
Anteriores creyentes en los designios divinos incluyen a Alexander Pope. Así se
expresó acerca de las maravillas de este universo:
Un grandioso laberinto, mas no carente de plan. . . .
Por mundos incontables aunque el Dios sea conocido,
Nosotros debemos descubrirlo a Él. . . .
[Aunque] otros planetas giran alrededor de otros soles.
Felizmente para nosotros, hermanos y hermanas, ¡lo vasto de las creaciones del
Señor se compara con lo personal de Sus propósitos!
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la
tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese
habitada la creó” (Isaías 45:18; Efesios 3:9; Hebreos 1:2).
“Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin;
“. . . Porque he aquí, hay muchos mundos que por la palabra de mi poder han
dejado de ser. Y hay muchos que hoy existen, y son incontables para el hombre;
pero para mí todas las cosas están contadas, porque son mías y las conozco”
(Moisés 1:33, 35).
Uno se podría preguntar, ¿cuál es el propósito de Dios para los habitantes de
la tierra? Queda mejor expresado en ese lacónico versículo con el que todos
están tan familiarizados: “Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar
a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).
Por consiguiente, en la vasta expansión del espacio, existe un asombroso
sentido de lo personal, ¡pues Dios conoce y ama a cada uno de nosotros! (1 Nefi
11:17). ¡No somos una mera cifra en el espacio inexplicable! Mientras que la
pregunta del Salmista era ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”
(Salmos 8:4), la humanidad constituye el mismo centro de la obra de Dios. Somos
las ovejas de Su mano y el pueblo de Su pastoreo (Salmos 79:13; 95:7; 100:3).
Su obra incluye nuestra inmortalización, ¡lograda mediante la gloriosa
Expiación de Cristo! Piensen en ello, hermanos y hermanas, aun con toda su
extensa longevidad las estrellas no son inmortales, pero ustedes sí.
Las revelaciones nos aportan muy poca información acerca de cómo el Señor lo
creó todo. Los científicos, mientras tanto, se centran en cómo, qué y cuando.
No obstante, algunos de ellos reconocen la perplejidad ante el por qué. Hawking
dijo: “Aunque la ciencia resuelva el problema de cómo comenzó el universo, no
puede contestar la pregunta: ¿Por qué el universo se toma la molestia de
existir? Yo no sé la respuesta de eso”.
Albert Einstein comentó acerca de sus deseos: “Quiero saber cómo creó Dios este
mundo. No me interesa este o aquel fenómeno, en el espectro de este o aquel
elemento. Quiero conocer Sus pensamientos; el resto son meros detalles”.
El Dr. Allen Sandage, un creyente de los designios divinos, fue ayudante de
Edwin Hubble. Sandage escribió: “La ciencia. . . está preocupada con el qué,
cuándo y cómo. No contesta, ni puede contestar, dentro de su método (por muy
poderoso que sea ese método), por qué”.
Misericordiosamente, se nos dan respuestas vitales y cruciales a las preguntas
de por qué, en revelaciones que contienen las respuestas que más nos interesan.
Enoc, habiendo visto cosas vastas y espectaculares, se regocijó, ¿pero en qué?
Se regocijó en su seguridad personal acerca de Dios: “y tú todavía estás allí”
(Moisés 7:30). Enoc incluso vio a Dios llorar por innecesarios sufrimientos
humanos, lo cual nos dice mucho sobre el carácter divino (véanse los versículos
28–29). Pero ese es un tema para otro momento.
Desgraciadamente, aun con las extraordinarias revelaciones sobre el cosmos y
los propósitos de Dios, la gente puede alejarse. Esta gente se alejó: “Y
sucedió que. . . el pueblo comenzó a olvidarse de aquellas señales y prodigios
que había presenciado, y a asombrarse cada vez menos de una señal o prodigio
del cielo, de tal modo que comenzaron a endurecer sus corazones, y a cegar sus
mentes, y a no creer todo lo que habían visto y oído” (3 Nefi 2:1).
De manera que, al meditar sobre la grandeza creativa de Dios, se nos dice
también que consideremos la belleza de los lirios del campo. Recuerden, ¡“todas
las cosas” dan testimonio de Él! (Alma 30:44).
En esta imagen vemos lirios, y luego, de cerca, designio divino. El mismo
designio divino del universo se minimiza en los lirios del campo (Mateo
6:28–29; 3 Nefi 13:28–29; D. y C. 84:82).
El milagro de este planeta tiene muchas continuas y maravillosas sutilezas.
Wendell Berry escribió:
“Quien realmente haya considerado los lirios del campo o los pájaros del aire y
meditado en la improbabilidad de su existencia en este cálido mundo dentro de
las frías y vacías distancias estelares apenas se sorprenderá de que el agua se
volviera vino, lo cual, después de todo, es un milagro muy pequeño. Nos
olvidamos del milagro mayor y continuo por el cual el agua (con tierra y luz
solar) se convierte en uvas”.
Al dar reverencia a lo que el Señor ha creado, hemos de darle reverencia a Él y
a Su carácter lo bastante como para esforzarnos a ser más como Él, tal como Él
lo ha mandado (Mateo 5:48; 3 Nefi 12:48; 27:27). Por tanto, no es de sorprender
que el poder de la deidad que se revela en los lirios asimismo se revela en las
ordenanzas de Su Evangelio (D. y C. 84:20). Temáticamente, estas ordenanzas
tienen que ver con nuestros convenios, limpieza, obediencia y preparación,
todas conductualmente necesarias para que tengamos el poder de realizar el
viaje de regreso a casa.
Estas expresiones personalizadas de amor y poder divinos de todos modos nos
importan mucho más que intentar enumerar las asombrosas galaxias o comparar el
número de planetas con el de estrellas. Nosotros los profanos en la materia no
lo podríamos comprender de todas formas. El obtener santificación espiritual
importa muchísimo más que las cuantificaciones cósmicas.
Así que, al ensanchar nuestra visión, tanto del universo como de los extensos
propósitos de Dios, nosotros también podemos exclamar reverentemente, “¡Oh cuán
grande es el plan de nuestro Dios!” (2 Nefi 9:13).
Por tanto, al explorar, meditar y aprender, ciertamente debemos estar llenos de
asombro, así como también debemos ser intelectualmente mansos. El Rey Benjamín
nos aconsejó con estas palabras simples y a la vez profundas:
“Creed en Dios; creed que él existe, y que creó todas las cosas, tanto en el
cielo como en la tierra; creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto
en el cielo como en la tierra; creed que el hombre no comprende todas las cosas
que el Señor puede comprender” (Mosíah 4:9).
Desgraciadamente, en nuestra época, hermanos y hermanas, hay algunos que creen
que si no pueden comprender algo, entonces Dios tampoco puede comprenderlo.
Irónicamente, algunos en realidad prefieren a un “Dios pequeño”. Mejor para
todos nosotros, tanto los científicos como los no científicos; ¡en lugar de
tratar de hacer de menos a la divinidad, tratar de dar más importancia a
nuestra humildad personal!
Con todo lo espectacular de lo que la ciencia ha aprendido acerca del universo
hasta ahora, aún así es muy poco. De la imagen de 1995 del Hubble, de un “campo
profundo”, se dijo que “dicha muestra, la más profunda que jamás se haya tomado
de los cielos, cubría. . . ‘una partícula del cielo de sólo la anchura de una
moneda de diez centavos de dólar situada a unos 23 metros’”.
¡El alma se conmueve, hermanos y hermanas!
Sea cual sea la propia muestra que recibió Moisés, no es de extrañar que se sintió
sobrecogido y “cayó a tierra” diciendo que “el hombre no es nada” (Moisés
1:9–10).
Misericordiosamente, aunque de manera asombrosa, la revelaciones nos dan
certeza del amor de Dios: “Ahora bien, hermanos míos, vemos que Dios se acuerda
de todo pueblo, sea cual fuere la tierra en que se hallaren; sí, él tiene
contado a su pueblo, y sus entrañas de misericordia cubren toda la tierra. Éste
es mi gozo y mi gran agradecimiento; sí, y daré gracias a mi Dios para siempre.
Amén. (Alma 26:37).
De modo que, hermanos y hermanas, el Señor se acuerda de cada una de Sus muchas
creaciones. Fíjense una vez más en los muchos “puntitos” en sólo un sector de
nuestra galaxia de tamaño común y corriente, la Vía Láctea:
Él las conoce todas. Piénsenlo. Así como el Señor conoce cada una de estas
creaciones, también conoce y ama a cada uno de los que se encuentran en este
grupo, o en cualquier grupo; de hecho, ¡a cada miembro de la humanidad! (1 Nefi
11:17).
La determinación divina es muy tranquilizante, tal como lo indican estas
palabras en Abraham: “No hay nada que el Señor tu Dios disponga en su corazón
hacer que él no haga” (Abraham 3:17). Su capacidad es tan extraordinaria que
dos veces en dos versículos del Libro de Mormón nos recuerda cortés y a la vez
determinadamente que Él realmente es “capaz” de efectuar su propia obra (2 Nefi
27:20–21). ¡Y sí que lo es!
Además, ¡el orden se refleja en las creaciones de Dios!
“Y vi las estrellas, y que eran muy grandes, y que una de ellas se hallaba más
próxima al trono de Dios; y había muchas de las grandes que estaban cerca; . .
.
“Y así habrá la computación del tiempo de un planeta sobre otro, hasta
acercarte a Kólob, el cual es según la computación del tiempo del Señor. Este
Kólob está colocado cerca del trono de Dios para gobernar a todos aquellos
planetas que pertenecen al mismo orden que aquel sobre el cual estás” (Abraham
3:2, 9; cursiva agregada).
Un científico dijo de la configuración cósmica, “Puede que estemos viviendo
entre gigantescas estructuras de panales o células”. Algunos científicos dicen
que ciertas galaxias “parecen estar organizadas en una red de hilos, o
filamentos, rodeando regiones del espacio grandes y relativamente vacías,
conocidas como huecos”. Otros astrónomos dicen que han descubierto un “enorme .
. . muro de galaxias, . . . la mayor estructura observada del universo hasta la
fecha”.19 Encomiablemente, esos científicos siguen adelante.
Sin embargo, claro está que para nosotros la tierra nunca fue el centro del
universo, ¡como muchos una vez creyeron ingenuamente! Tampoco hace muchas
décadas que muchos también pensaban que la Vía Láctea era la única galaxia en
el universo.
Pero cuanto más sabemos, más vitales se hacen las preguntas de por qué y
sus correspondientes respuestas. Sin embargo, las respuestas a las preguntas de
por qué se obtienen sólo mediante revelación dada por Dios el Creador, y
todavía hay más por venir:
Todos los tronos y dominios, principados y potestades, serán revelados y
señalados a todos los que valientemente hayan perseverado en el evangelio de
Jesucristo.
Y también, si se han fijado límites a los cielos, los mares o la tierra
seca, o el sol, la luna o las estrellas, todos los tiempos de sus revoluciones,
todos los días, meses y años señalados; y todos los días de sus días, meses y
años, y todas sus glorias, leyes y tiempos fijos, serán revelados en los días
de la dispensación del cumplimiento de los tiempos, (D. y C. 121:29–31).
Por lo tanto, hermanos y hermanas, al contemplar el universo, no vemos un caos
inexplicable o agitación cósmica. En cambio, los fieles ven a Dios “obrando en
su majestad y poder” (D. y C. 88:47). Es como ver un ballet cósmico divinamente
coreografiado, ¡espectacular, tenue y tranquilizante!
Aun así, en medio de nuestro sentimiento sobrecogido por la maravilla y el
asombro, “los afanes del mundo” pueden vencernos (D. y C. 39:9). La rutina
aburrida y la repetición pueden causar que miremos indiferentemente hacia abajo
en lugar de reverentemente hacia arriba y afuera. Podemos quedarnos separados
del Creador, quien en esos momentos parece una estrella lejana y distante:
“Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño
para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su
corazón?” (Mosíah 5:13).
Sabemos que el Creador del universo también es el Autor del plan de
felicidad. Podemos confiar en Él. Él sabe perfectamente qué es lo que trae
felicidad a Sus hijos (Mosíah 2:41; Alma 41:10).
Mientras tanto, a medida que algunos experimentan situaciones de la vida diaria
en las que sienten falta de amor y aprecio, aún pueden saber que Dios sí los
ama. Sus creaciones así lo testifican.
Por tanto, podemos confesar Su mano en nuestras vidas individuales al igual que
podemos confesar Su mano en el asombroso universo (D. y C. 59:21). Si
confesamos Su mano ahora, algún día nosotros que somos “mecidos” entre Sus
creaciones podremos incluso saber cómo es ser recibidos “en los brazos de
Jesús” (Mormón 5:11).
El reverente regocijo, alentado ahora por estas palabras, existió hace mucho,
mucho tiempo. Cuando el plan del Creador se presentó en la premortalidad,
algunos “se regocijaban” (Job 38:7). ¿Por qué no? pues “existen los hombres
para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). Que sean bendecidos para poder transmitir
a sus alumnos lo contagioso de su reverencia y asombro acerca de las creaciones
del Señor y de Su plan para nosotros.
Para terminar, testifico que la asombrosa obra de Dios es más grande que el
universo conocido. Además, testifico que los planes de Dios para Sus hijos
anteceden a Su provisión de este hermoso planeta para nosotros. En el santo
nombre de Jesucristo, amén.