martes, 22 de julio de 2014

Olor de la Nostalgia


La primera cosa que se viene a tu nariz al bajar del avión es el olor de Santiago, no es un olor común, algo que solo uno puede saber, después de  años fuera de tu patria, ¡aunque sea un olor a #$&%$#!, realmente se aman algunos olores ja, casi un año viviendo en Nueva York te acostumbras a percibir algunas efluvios de la gran ciudad, permanecen en mi los olores de los laundry (lavanderías) en la calles, entre vapor y detergentes de máquinas. No quiero hablar de olores, algo me acordé y me detuve a escarbar la parte del cerebro donde se guardan los recuerdos, debe ser una película que se almacena con alguna sintonía o conexión con el corazón, con los sentimientos, solo así es posible traer a la mente episodios que se quedan instalados por años; no se olvidan y aunque solo sean ráfagas, segundos, milésimas de segundos en nuestra mente, no se borran. Ese año, 1996, tiene de todo, en mi mente los meses difíciles de mi primera experiencia en USA, y me tocó la ciudad tosca, dura, la selva de los latinos, Nueva York, nadie puede decir que es fácil llegar a tamaña ciudad, aunque tiene el apoyo de familia, tienes que sentir, vivir, domesticar en tu piel la enorme urbe que se adentra como un aluvión en tu vida. Los que han sobrevivido, aquellos que asumen como propia después de los años, saben de lo que estoy hablando, entre ellos mis hermanos, por una razón simple, ese año la nostalgia me la ganó, después de ocho meses tome la decisión de volver a mi tierra, mis hijos estaban pequeños y los extrañaba. El día que aborde ese LAN sentí un gran alivio, como dicen; me volvió el alma al cuerpo, no por la ciudad, ni siquiera por la familia de mi hermano que siempre me apoyó, simplemente no estaba preparado para asumir tal desafío de separación por un par de años, y todo esto para decir que baje del avión, llegué con mis hijos, tomé a mi hija Romy Claudia, la llevé a su Escuela de la mano por la calle Carmen, la dejé en su sala que estaba en el segundo piso, una escuela al costado del Templo Votivo de Maipú, me alejé lentamente, ella se quedó en el pasillo de la sala; media cuadra... y todavía me despedía de ella... una cuadra y aun sus manitos me decían adiós, ya casi dos cuadras aun la distinguía, yo la extrañaba,  ella me extrañaba…como la extraño hoy.

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